| Doscientos años
después Francia disfrutó su propio siglo de oro. Grandes
poetas y narradores, un modo nuevo de pintar y escultores y músicos
de enorme talento. Pero entre todos, dos. La pasión de narrar
en Sthendal y la pasión de la perfección en Flaubert.
Pasiones diferentes y la misma pasión, la literatura. Escritura
fluida y fácil del primero, creador de novelas amenas, divertidas
e inteligentes, auténticos e impagables documentos de una
época esencial en la Francia y en la Europa sometida al poder
Bonapartista. Admirador de Napoleón consideraba a España
el único país auténticamente diferente del
viejo continente, planteado como elogio, aunque su pasión
fuera la Italia renacentista, donde hizo transcurrir su “Cartuja
de Parma”, que con “El Rojo y Negro” supusieron
su cima literaria. Uno imagina al gordo Stendhal disfrutando de
una comida copiosa y bien regada, mientras, ante el silencio general,
hace disfrutar al resto de los comensales de anécdotas y
relatos ocurrentes, brillantes y plenos de sorpresas, como sus libros.
Del mismo modo Flaubert es la obsesión
por la palabra, por la frase y el párrafo perfecto. Puedo
verlo gruñendo, lleno de manías y obsesiones y con
una sola idea en su cabeza, literatura, literatura, literatura....
Adoraba el Quijote, supongo que por ser la obra que le hubiera gustado
escribir, el libro total, el que siempre persiguió y casi
logró con su “Madame Bovary”. Un texto fascinante,
formalmente impecable y cuya esencia es la autenticidad, la vida
por encima de todo, sin lugar para el arrepentimiento ni la culpa.
“Madame Bovary soy yo” aseguraba Flaubert, aunque a
mi me hubiera gustado pensar lo contrario, que Flaubert era la Bovary
y que esto no era exactamente una novela sino una autobiografía,
la de un personaje vitalmente irrepetible.
Pero Francia es algo más
que un país culto, que seguramente lo es, plagado de ciudadanos
con un libro bajo el brazo, opinando de todo lo humano con una insoportable
pedantería mientras disfrutan de una comida escasa y bien
condimentada. Algo más que esa hermosa e insuperable ciudad,
la ciudad, color de postal vieja, olor a café y poblada de
gente posiblemente no muy amable pero siempre correcta. Es por encima
de todo una idea. Creer, estar convencidos, que es viable una forma
de vivir al margen de lo vulgar. Y siempre es un consuelo nuestra
cercanía para el supuesto de que un día necesitemos
huir.
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