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LA DULCE FRANCIA

Cuenta Marañón, don Gregorio, una deliciosa anécdota sucedida en el año 1615, durante los esponsales del futuro Felipe IV con la hija del rey de Francia, el Bearnes Enrique IV, doña Isabel de Borbón. Tras un largo y accidentado viaje donde la novia y su madre sufrieron problemas de salud que curaron en Burdeos, la comitiva, formada por lo más granado de la corte, pudo, finalmente, terminar viaje con su llegada a Burgos, donde el Rey Felipe III y su hijo recibieron a la ya esposa, la boda se había celebrado por poderes durante los días de enfermedad, con el afecto y simpatía que la niña de apenas doce años provocó entre los presentes por su naturalidad y belleza.

Los españoles, siempre hospitalarios, quisieron mostrar a sus ilustres huéspedes las bellezas de sus monumentos, la alegría de sus fiestas y la diversidad de sus guisos y caldos. Sin embargo, los franceses solicitaron, antes que nada, saber del más grande ingenio que ese siglo y otros muchos habían conocido, de don Miguel de Cervantes Saavedra. Se les contestó, avergonzados, que se trataba de un viejo soldado, hidalgo y pobre sin contactos en la corte. Los franceses pasmados y horrorizados preguntaron el motivo por el que un hombre de ese talento, tan por encima del resto, no disfrutaba del apoyo y la protección del Estado y del erario público y entonces alguien, un cortesano cínico y mendaz, explicó que “su pobreza y la necesidad de salir de ella escribiendo libros es nuestra riqueza”.

Marañón recuerda que al leer la anécdota en cuestión, absolutamente cierta y documentada en textos de la época, sintió un enorme agradecimiento y respeto por esos franceses que sabían que los tiempos y la historia premiarían el talento y el genio, obviando a reyes, validos y poderosos de toda jaez y condición cuyos únicos méritos se instalaban en la herencia, la intriga o el abuso con el débil. El mito de la Francia culta es algo más que un lugar común. Han sido capaces de respetar y proteger, como ningún otro país, al arte y al artista, al poeta y al orfebre, al músico y al pintor, al creador de esa riqueza tan sutil que existe solo en el que mira y en el que escucha. Pero la genialidad elige a veces caprichosamente su cuando y donde, porque sino como entender que una país como el nuestro, en pleno declive militar y político, con gravísimos problemas como la pérdida de Flandes, la definitiva separación de Portugal o la guerra en Cataluña, además de una situación social difícil, fuese capaz de reunir en nómina a Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Góngora, Gracián, Quevedo y un pintor como Velázquez, al mismo tiempo y en tan pocos metros cuadrados.