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La Verdad como Deseo
A lo largo de la historia de
la filosofía occidental muchos han sido los pensadores que
se han preguntado por la relación entre hombre y verdad.
¿Existe la verdad? Si es así, ¿de dónde
procede el impulso hacia la verdad?. Las respuestas a estas cuestiones
han sido diversas pero la situación de la sociedad en que
vivimos recupera con fuerza la idea de Nietzsche que presenta la
verdad como deseo.
De su discurso se desprende que
el hombre funciona con unos parámetros de verdad que tienen
poco que ver con la realidad en sí, siendo lo de menos que
las expresiones resulten verificables. Las consideramos verdaderas
en tanto en cuanto deseamos creer que lo son (y que los demás
lo crean), y actuaremos así siempre que dicha creencia resulte
útil para conseguir unos objetivos. Este concepto nitzscheano
de manipulación es especialmente interesante, ya que entronca
de manera directa con la idea de búsqueda de satisfacción
de placer presente en toda su filosofía. En aras de conseguir
esa satisfacción el ser humano es capaz de engañar
(y engañarse) incluso sobre lo que resulta ser o no verdadero.
Para ilustrar esta idea sirve
como referencia el ejemplo cinematográfico de “Solaris”,
película del año 2002 del realizador Steven Soderbergh,
basada en una novela de Stanislaw Lem y que ya había sido
llevada antes al cine por Andrei Tarkovsky hacía más
de 30 años. En ella se cuenta como un científico es
enviado a una estación espacial para investigar los extraños
fenómenos que allí están sucediendo entre la
tripulación. Al poco tiempo de su llegada comprende que los
deseos más ocultos presentes en los sueños de cada
individuo se convierten en realidad al despertar. Todos son conscientes
de que la “realidad” que viven a partir de entonces
no es otra cosa que pura ilusión, pero (pese a que las consecuencias
que ello conlleva no son positivas, como uno se puede imaginar)
prefieren engañarse pensando que aquellos deseos cumplidos
son vivencias reales que además les resultan plenamente satisfactorias.
No hace falta recurrir a la ficción
para encontrar ejemplos de esta confusión entre realidad
y deseo. En nuestra sociedad existen manifestaciones de cómo
a veces los hombres actúan considerando como verdad lo que
desean que así sea. Valga como muestra George Bush y su empeño
en convencer al mundo de la existencia de armas de destrucción
masiva en Irak. Este hecho que cada vez aparece más claramente
definido como una excusa fue convertido en “certeza”
por la administración americana para acallar el clamor de
la opinión pública y justificar, de esta manera, una
intervención tras la que probablemente existían otro
tipo de intereses. Dicha “certeza” fue expresada por
muchos gobernantes como si realmente se tratara de una hecho verificado
pese a que nunca aportaran pruebas concluyentes de sus afirmaciones.
Volviendo al Nietzsche, estaríamos
hablando de la verdad como ilusión (de nuevo el ejemplo de
“Solaris” es válido). Una ilusión constituida
por toda una serie de metáforas que una vez emitidas producen
la red del lenguaje que nos permite hablar del mundo que nos rodea
y de una realidad que hemos comprendido en función de ellas.
La sociedad las adopta para existir de manera que sus miembros quedan
vinculados al uso de las “metáforas usuales”
si quieren ser reconocidos como dignos integrantes de ella. Los
individuos no conocen el origen de dichas metáforas. Queda
demasiado lejano, ubicado, como mucho, en el inconsciente colectivo.
Su correspondencia con lo real resulta anecdótico y ha devenido
en el hecho de que si se acomoda a la convención resultará
real y, lo que es más importante, será aceptado por
el colectivo. Asumir esta situación supone, de hecho, renunciar
a las impresiones individuales, a las intuiciones que quedan así
diluidas en los conceptos. “Mientras que toda metáfora
intuitiva es individual y no tiene otra idéntica y, por tanto,
sabe siempre ponerse a salvo de toda clasificación, el gran
edificio de los conceptos ostenta la rígida regularidad de
un columbarium romano e insufla en la lógica el rigor y la
frialdad peculiares de la matemática” .
Nietzsche piensa que esta renuncia
que el individuo hace de manera más o menos inconsciente
le proporciona la sensación de vivir felizmente y en paz.
Para ello necesita sentirse integrado, aceptado por el grupo social
al que pertenece. Cumplir con lo que se espera de él, con
lo que previamente se ha considerado bueno, oportuno o cierto. Es
curioso cómo, con el paso de los años, el niño
va controlando su deseo de experimentar, de enfrentarse por sí
mismo a la realidad sin condicionantes. No conoce las convenciones,
los usos sociales y por tanto no puede atenerse a ellos. Pero el
niño es socializado y se convierte en joven. Un joven que
ya sabe lo que se espera de él pero que, en muchos casos,
conserva el instinto de probar cosas nuevas, de ver con sus ojos
lo que le ofrece “el mundo real”. Con la edad adulta
llega en la mayoría de los casos el control absoluto sobre
esos instintos, sacrificados en aras de la estabilidad, la seguridad
y el fin de los sobresaltos, consiguiendo con ello la plena integración
en el grupo pero también la rutina, la monotonía y
la falta de alicientes. Aceptar las normas significa estar a salvo.
Se conserva la ilusión de que se tiene libertad para elegir,
pero el adulto es plenamente consciente de que la elección
conlleva en muchos casos la posibilidad de equivocarse y sufrir
las consecuencias y, por ello, renuncia al riesgo apostando por
la comodidad de tener su vida bajo control y en orden, aunque con
ello esté renunciando en gran medida a sus instintos, a las
reacciones más primarias. Esta renuncia en la mayor parte
los casos no resulta dolorosa, ya que lo que se consigue con ella
es satisfacer, tal vez, el mayor de los instintos, el del placer
que nos produce estar al abrigo de unos muros que en realidad para
Nietzsche, nos tienen prisioneros.
Podríamos comparar la
situación de este individuo nitzscheano con el panorama que
los hermanos Wachowski nos pintan en su película de 1999
“The Matrix”. En ella se nos presenta un mundo con dos
realidades: una que consiste en la vida que vivimos cada día,
y otra que se encuentra detrás de ella. Una es un sueño.
La otra The Matrix (La Matriz). Una realidad formada por individuos
atrapados y utilizados por maquinas mientras sueñan que viven
en un mundo virtual en el que se sienten (o eso creen) plenamente
felices. Salir de The Matrix y enfrentarse a la realidad es un duro
privilegio, tan duro que alguno de los personajes que ha conseguido
salir traiciona a sus compañeros para volver a entrar en
la ficción y sentirse así integrado y protegido. La
realidad de vivir fuera de The Matrix no resulta una experiencia
agradable. Los rebeldes pueden por fin hacer lo que quieren, sentirse
de nuevo humanos libres y conscientes, pero esa libertad les acarrea
privaciones, persecuciones, inseguridad… parece natural que
alguno de ellos prefiera cerrar los ojos y volver al dulce sueño
del engaño, que probablemente es lo que haríamos la
mayoría de nosotros.
Una vez más aparecen pues
las ideas de utilidad y de satisfacción. El hombre se aleja
de los problemas que una constante experimentación de nuevas
realidades le acarrearía y que vendrían derivados
de la inseguridad, de la falta de certeza, de la inquietud de tener
que tomar decisiones, de la posibilidad de equivocarse. Ante semejante
perspectiva resulta comprensible que el ser humano se lance sin
reparos a asumir esa realidad ficticia sobre la que construimos
con firmeza y seguridad nuestras vidas.
No obstante, (y recurrimos a
Nietzsche una vez más) resulta interesante observar que los
grupos humanos han reservado espacios en los que desarrollar de
manera controlada los instintos, la curiosidad y la necesidad de
experimentación y libertad. En escenarios como los del arte
o la música el ser humano puede dar rienda suelta a esos
impulsos que normalmente quedan bajo control y además hacerlo
sin que resulte incómodo o socialmente inaceptado (esto,
dependiendo de las épocas, sería discutible). Podríamos
considerar estas manifestaciones artísticas como medidas
de profilaxis colectiva, como vías de escape al férreo
control ejercido por la “autoimpuesta verdad”, que permitirían
así que el sistema siga funcionado correctamente.
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